El barrio creció en unas lomas de pastos y arbustos nativos, entre el mar y las pampas, con un cielo lleno de aves que han acompañado este proceso. Por la calle 22, un grupo de vecinas palea la tierra dura para plantar un ombú en “la plaza sin nombre”, haciéndole homenaje a la vida como canta la Violeta, mientras planean futuras tardes de mate y organización en la futura sombra de ese árbol.
¿Qué pasa cuando las vecinas y vecinos se juntan en la plaza? Pasan cosas como la Cocina Pública, esta acción barrial que con la idea de compartir y fomentar la agroecológica reunió un grupo de vecinxs a cocinar un almuerzo comunitario con productos de huertas del barrio y huertas amigas que apañaron esta iniciativa. El cocinero en esta oportunidad fue Damián, el menú incluyo faina, habas tostadas, buñuelos de acelgas, zanahoria, pan de centeno y huevos de gallinas vecinas entre otras cosas. La mesa para ocho que rotaria constantemente y la limonada con menta nos refrescaría en esa calurosa tarde. Algunas vecinas rompen el hielo acercándose a compartir, “le dije a mi marido que era todo vegetariano asique me dejo venir sola” comenta entre risas. Pasamos unas horas de anécdotas y charlas barriales, debatimos sobre la importancia del agua pura para la agroecológica y de lo que está pasando en la zona con el tema del agua de pozo en mal estado contaminada por las napas llenas de agroquímicos, que nos lleva al mismo destino, hablar de pesticidas, monsanto y proyectos privados que no toman en cuenta a la comunidad.
Visitamos las huertas que estaban cerca,
compartimos plantines y muchas ideas en una agradable hornada vecinal
comunitaria. Hoy la plaza sin nombre es nuestro lugar de encuentro. Hoy la
plaza no tiene nombre pero tiene una nueva historia que contar.
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